Adiós, con las manos vacías y el corazón roto.

Llega el momento de las despedidas. Último día de clases y es el momento de decir un adiós, que más bien es un hasta pronto.
Es inevitable emocionarse. Porque los niños no son diferentes a nosotros. Son personas, y aunque en pequeñito, enteras. Hay quien no entiende esto, los ven como algo aún incompleto, incapaces de entender ciertas cosas, cuyas emociones no hay que tomar en serio porque “son cosas de niños”.
Los niños son personas, en pequeñito sí, pero enteras.
Y tras un año, compartiendo cinco horas diarias de momentos y recuerdos, es imposible no tenerles mucho cariño. Por eso un maestro, una maestra, por muchas ganas que tenga de terminar el curso (que no son pocas), se emociona el último día al decirles ese adiós, aunque sea un hasta pronto.
Es un adiós con las manos vacías, porque se ha dado todo. Les hemos dado nuestro tiempo, mucho más del que se supone. Les hemos dado nuestras mejores ideas, nuestra ilusión, nuestro esfuerzo y muchas veces hasta nuestro sueño en noches de desvelo y trabajo.
Manos vacías porque se ha puesto todo el corazón en lo que se hacía. Se ha sentido alegría con cada logro compartido, tristeza en cada pérdida o derrota, enfado en momentos en que ves que todo lo que intentas transmitirles se desmorona en una pelea de patio o un desprecio a un amigo. Miedo en cada caída o ante momentos cruciales en sus vidas. A veces incluso ese asco sano e inocente ante unas velas de mocos o un baño sucio y maloliente. Sorpresa, mucha sorpresa ante sus grandes ideas, frases ingeniosas, logros impredecibles, detalles y regalos hechos de papel y purpurina. Hemos compartido curiosidad ante cada nuevo reto, aprendizajes emocionantes y dudas existenciales para explicar este mundo en que vivimos.
Porque no me guardé nada para mí ni para otros, este adiós es con las manos vacías, y también con el corazón roto.
No roto de dolor ni de tristeza, no me entendáis mal. Es un corazón roto de nuevo en 25 pedacitos, porque cada uno de ellos se llevó un poco del mío.
Y así pasa la vida de un maestro, de curso en curso, dejando trocitos de corazón repartido en cada uno de los que un día pasaron y vivieron contigo en el aula, y a los que desde lejos ves volar y tomar sus propios caminos.
Yo también me llevo un trocito de los suyos, y con ellos nos recomponemos en un verano y llenamos de nuevo nuestras manos para volver de nuevo en septiembre a vivir un nuevo curso, dándolo y sintiéndolo todo.

2 respuestas a “Adiós, con las manos vacías y el corazón roto.

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