Familia y escuela, un equipo de primera

Quizás la parte más difícil de nuestro trabajo (además de la excesiva y siempre creciente burocracia) sea el trato con las familias de nuestros alumnos.

Ahora que estamos a punto de empezar un nuevo curso escolar, es un buen momento para plantearnos cómo queremos gestionar como centro o como profesores, la relación familia-escuela.

¿Por qué la relación con las familias es siempre uno de los aspectos más difíciles de nuestro trabajo docente? Mi diagnóstico siempre ha sido el mismo: no se invierte tiempo en crear equipo con ellas ni se les termina de integrar en la vida del centro creando verdadera comunidad educativa.

¿La responsabilidad? En mi opinión es siempre compartida, aunque a veces nos empeñamos en poner todo el peso de la culpa en el ámbito familiar.

Se que lo que digo (y más aún lo que vendrá a continuación) es mi opinión personal, quizás muy personal. Por eso me encantaría que este artículo siguiese en continuo crecimiento a través de vuestros comentarios, opiniones y puntos de vista.

¿Qué sucede? Analicemos la realidad.

Podemos encontrar (desde el punto de vista docente) familias de todo tipo. En cuanto a la estructura familiar, la familia tradicional de padre-madre-varios hijos, cada vez es más una realidad del pasado, no su existencia pero si el que sea el único modelo presente. Cada vez más, encontramos familias monoparentales, familias separadas, familias separadas en las que las nuevas parejas de cada parte cobran papeles protagonistas, familias con dos papás o dos mamás, núcleos familiares ampliados en los que conviven en el hogar abuelos, tíos, primos…, alumnos/as que son hijos únicos y un largo etcétera.

La diversidad de modelos familiares aporta una diversidad de situaciones y circunstancias que hay que aprender a tener en cuenta para comprender el universo de nuestros alumnos.

Y no es que la estructura familiar cree dificultades “per se”, que no debería ser así excepto en casos en los que la ideología personal del docente le cierre la mente a una sola opción, caso en el que no voy a entrar pues obviamente el problema estaría en la mentalidad del docente y su falta de tolerancia.

Pero sí es cierto que la diversidad de modelos y estructuras familiares aporta una diversidad de situaciones y circunstancias que hay que aprender a ver, valorar y tomar en cuenta a la hora de intentar comprender el universo de nuestros alumnos. Por ejemplo no es lo mismo tratar el caso del fallecimiento de un abuelo si este convivía directamente en casa, a si vivía en otra casa o en el pueblo, puesto que el papel que jugará en la vida del menor, en el primer caso será mucho mayor.

La facilidad de acceso a la información, a menudo crea situaciones en las que todo el mundo “entiende” de educación, y tu visión como profesional no es valorada.

Otro aspecto que desde mi punto de vista afecta es la facilidad de acceso a la información. Tal y como le pasa a los médicos en consulta que atienden a pacientes que llegan auto-diagnosticados a través de Google, en educación son cada vez más los padres y madres que, gracias a la lectura fácil en temas educativos, vienen con una idea previa de cómo debe ser la educación de sus hijos en la escuela. En este sentido, es muy común toparse con situaciones en las que cualquiera “entiende” de educación, haciendo que nuestra visión como profesionales no sea valorada, o incluso se vea cuestionada. Un ejemplo de esto puede ser cómo se entiendan las medidas de innovación docente, o el aumento de alarma en relación con el acoso escolar cada vez que sale un nuevo caso en los medios de comunicación. Es frecuente que se utilice equivocadamente el término “bullying” en casos de conflictos entre iguales que para nada corresponden con verdaderos casos de acoso escolar.

Finalmente, por no alargarme, existen dos factores más que están influyendo en la relación familia-escuela, que no son necesariamente nuevos:

A los padres y madres les cuesta entender que tú piensas en 25 alumnos, y no sólo en su hijo como individuo aislado.

Por un lado, la falta de objetividad provocada por las relaciones de afecto. Obviamente, el ser padre/madre del alumno resta objetividad. Se potencian las cualidades del menor en lo que coloquialmente llamamos “amor de padre/madre”, al igual que se restan o minimizan actitudes negativas, dificultades de aprendizaje o necesidades educativas especiales. Igualmente, como profesores y más en el caso de quienes ejercemos de tutores, cuesta que los padres y madres entiendan que a la hora de preparar una actividad, gestionar el aula u organizar cualquier evento, tú como docente piensas en el conjunto, es decir, en los 25 alumnos a tu cargo, y no en cada uno como individuo aislado, es decir en su hijo. Todo esto provoca situaciones y expresiones muy variadas como:

  • Esto me extraña mucho de mi hijo/a.
  • En casa esto no lo hace.
  • Pues en casa se lo sabía estupendamente.
  • Padres que vienen preocupados y asegurando que su hijo sufre acoso escolar pero muy pocos o ninguno que venga preocupado de que su hijo/a pueda ser el acosador.
  • Facilidad para asignar rol de víctima a su hijo/a y dificultades para asumir que pueda ser el causante de un conflicto.
  • Negativa a reconocer necesidades educativas.
  • Dificultades para reconocer cualquier tipo de trastorno o síndrome.
  • Y muchas otras más.

Y finalmente, el cambio de perspectiva social sobre la profesión docente con respecto a décadas pasadas. Es habitual, escuchar a profesores e incluso padres que, con aire melancólico te dicen eso de “Cuando yo era pequeño, lo que el decía el profesor iba a misa” o “Si llegaba a mi casa diciendo que me habían castigado, mis padres me decían algo habrás hecho y me castigaban ellos también”. Muy atrás (y creo que por suerte) quedaron aquellos años en los que en el pueblo eran pocos quienes tenían la autoridad: El alcalde o alguacil, el médico, el cura y el maestro.

Diferentes factores han hecho que la profesión docente esté poco valorada a nivel social, y que los profesores sean menos respetados tanto por los propios alumnos como por sus familiares.

Diferentes factores (a mi entender) como la poca exigencia para acceder a estudios de magisterio, el cambio de ciclo en cuanto a la educación de los hijos (padres que fueron criados en ambientes restrictivos y ahora, intentando no repetir lo que ellos sufrieron educan de manera excesivamente permisiva) el continuo desprestigio en medios de comunicación de la profesión docente a través de la publicación de malos resultados en informes internacionales, etcétera. Todo esto bien mezclado, hace que a nivel social, la profesión del docente sea poco valorada. Al mismo tiempo, unido a la crisis de valores que en muchas ocasiones vemos en nuestra sociedad, hace que por un lado los profesores sean menos respetados tanto por los propios alumnos como por sus familiares.

Ante esto, la reacción de muchos centros ha sido la de tomar una actitud de trincheras.

Toda esta situación, mezcladas en diferentes dosis dependiendo del contexto y las circunstancias, han provocado una actitud de trincheras en muchos centros educativos. Con esto me refiero, a que, por miedo a perder el control o la autoridad en el propio centro y sus procesos por la influencia de agentes “externos” como las familias, muchos colegios han decidido cerrar sus puertas, tomar una actitud defensiva y terminar por el “aquí mando yo” que flaco favor nos hace.

Algunas consideraciones.

Ante todo esto, yo siempre atajo la discusión con la misma afirmación: “No olvidemos que son sus hijos, no los nuestros, y que la última palabra la tienen ellos. No podemos excluirlos”.

Para mi esto es clave. Mis alumnos son mis alumnos, pero no son míos, no son mis hijos. Yo no tengo la autoridad ni legal ni moral, para decidir sobre ellos excluyendo del proceso a sus tutores legales. Por otra parte, poco efecto tendría (y esto lo tenemos bien comprobado los profesores) que desde el aula pretendiéramos y decidiéramos una medida que después no va a ser compartida, secundada y continuada desde casa.

FamiliaYEscuela

¿Y entonces? Mi propuesta.

Ante toda esta situación tan compleja, no existe una receta mágica ni fácil, o al menos yo no la he encontrado todavía.

Lo único que tengo claro es que la solución pasa necesariamente por formar un equipo familia-escuela. Va en consonancia con esto que llevamos tantos años escuchando, diciendo y promoviendo de “Comunidad Educativa”. El problema desde mi punto de vista, es que se ha confundido el término vaciándolo de sentido y utilizándolo sólo para denominar al conjunto de subgrupos que de una u otra forma participan en el centro educativo. De esta manera, englobamos al profesorado, equipo directivo, PAS, alumnos y familias bajo un mismo título, pero sin apenas conexión entre uno y otro estamento.

No existe una receta mágica

Para mi comunidad educativa es mucho más que el conjunto de grupos sin relación entre sí. Para mi comunidad, implica objetivos comunes, trabajo en equipo, metas compartidas, trabajo codo con codo, diálogo, crítica constructiva, análisis, propuestas… En definitiva, construir comunidad significa construir algo que de verdad, sea común a todos, y esté construido de forma común, entre todos.

Aterrizando en propuestas más concretas, os dejo algunas ideas que he ido construyendo a lo largo de todos estos años, y que cada curso escolar intento pulir, ampliar y construir:

  1. La responsabilidad es compartida. El refrán decía que “dos no se pelean si uno no quiere”, pues lo mismo. En la relación familia-escuela, construir comunidad educativa, formar equipo, es cosa de ambas partes. La familia debe estar dispuesta a implicarse de manera plena en la vida escolar de su hijo/a, y esto requiere a veces verdaderos esfuerzos y sacrificios que hay que estar dispuestos a asumir. Igualmente, deben estar dispuestos a entrar en un territorio que no les pertenece. Si bien está claro que sus hijos son suyos, la escuela no. La escuela pertenece a los niños y niñas, y en el ámbito organizativo, a aquellos que la gestionan que es en definitiva el equipo educativo. Como cualquier invitado, debemos asumir que no podemos llegar a casa de nuestro amigo imponiendo nuestras propias reglas o exigiendo todo para nosotros. La actitud ha de ser otra.
    Pero por otra parte, y no menos importante, asumir que la escuela es territorio que corresponde gestionar al equipo educativo, conlleva que el profesorado asuma también la responsabilidad de esta relación con las familias. Por más que quisieran, una familia no puede hacer nada por organizar y llevar a cabo iniciativas de acercamiento con la escuela, al menos no a nivel global. Por lo tanto, el primer paso será siempre responsabilidad de la propia escuela, en dentro de un aula, del profesor tutor.
  2. No se cuida lo que no se quiere. Y esto pasa en las mejores familias, nadie se implica con algo a lo que no le une una relación de afecto. Puede pasar, que sea el sentido del deber o la responsabilidad lo que te motive a implicarte en la escuela de tu hijo/a, pero esto, sin una relación de afecto detrás, termina por disolverse y perder fuelle. Por lo tanto, debemos potenciar una relación de afecto. Y si tiramos de refranero… “el roce hace el cariño”, por lo que debemos propiciar momentos de encuentro y convivencia, que hagan que la escuela ponga rostro y nombre propio a las familias, y que igualmente, la familia humanice y personalice a la escuela, como algo cercano y un mundo del que realmente forman parte.
  3. Puertas abiertas. Cuando un centro escolar se cierra al mundo, y con esto a la participación de las familias, se convierte más que un colegio, en un laboratorio. Un lugar en el que ocurren cosas que no pasan en la vida real, en el que se simula la vida, se parodia la realidad. Cuando afirmo que las puertas de la escuela han de estar abiertas, no me refiero a las “Jornadas de puertas abiertas” que se están poniendo de moda para “captar clientes” en procesos de escolarización. Estas jornadas en las que todo está preparado y medido para dar la mejor y más comercial visión de nuestro centro, para mi no es más que un teatro. Las puertas deben estar abiertas todo el año, no sólo una jornada. Puertas abiertas para que las familias puedan entrar y participar en la educación de sus hijos. Esto siempre bajo unas pautas y una organización, obviamente, pero nunca como un teatrillo. Tenemos normalmente 25 familias en clase, que en lo más común de los casos supone entre 40 y 50 adultos, padres y madres de nuestros alumnos, cada uno con una profesión, unos conocimientos, unos recursos… Cerrar el aula a las familias, es sinónimo de quitar a nuestros alumnos tantos y tantos recursos. ¿Qué tal si para hablar de alimentación saludable viene a clase el papá de María que es cocinero, o la mamá de Javier que es nutricionista? ¿Qué tal si para conocer la electricidad como energía nos visita el papá de Marcos que es electricista? ¿Qué tal si para tratar la salud y el cuerpo humano visitamos la consulta de la mamá de Francisco que es médico?
  4. Implicarles en la preparación de actividades. Muchos hemos querido dar participación a las familias en actividades que hemos diseñado para la ocasión y hemos tenido una mala experiencia. A veces los padres se extralimitan en sus funciones, otras sólo atienden a sus hijos e ignoran al resto, otras te cuestionan ante los alumnos, otras con la mejor intención de ayudar hacen algo mal por desconocimiento de la actividad… Esto sucede cuando invitamos a los padres como simples observadores de la realidad del aula, o le damos participación sin una preparación previa de la actividad. Mi opción, es que en aquellas actividades que van a participar los padres, participen desde el primer momento, desde la concepción de la idea y su organización, hasta la evaluación final de cómo se ha desarrollado la misma.
    Mi experiencia: Hace un par de años, conocí a una amiga que participaba en el colegio de sus hijos en un grupo de animación a la lectura. Este grupo lo había iniciado un profesor del colegio, dando participación activa a las familias que lo quisieran. La evolución de la propuesta hizo que con el tiempo el grupo fuera gestionado por los propios padres y exportado a otros centros. A mi me encantó la iniciativa, y decidí modelarla en mi aula. Cité a los padres a una tutoría grupal, y les hablé de la idea. Les dije: “La lectura es fundamental en el proceso de aprendizaje de vuestros hijos, tan importante que a veces intentamos imponerla de tal manera, que terminamos por conseguir que los niños odien leer. Quiero que juntos, hagamos algo que nos sirva para que vuestros hijos cultiven su pasión por la lectura, actividades que les acerquen la lectura de manera lúdica, divertida, emocionante… La actividad en cuestión es lo de menos, lo que importa es que sea atractiva y esté relacionada con la lectura.” A partir de ahí, les expliqué que esto iba a ser diferente, que esta vez no tenía nada preparado, yo no tenía nada. La propuesta era trabajar juntos, crear un equipo de trabajo, en el que todos diésemos nuestras ideas, pensáramos y preparásemos actividades y después, también juntos, las llevásemos a cabo. Lo único que les pedí es que, en caso de que hubiera que tomar decisiones y no estar todos de acuerdo, el tutor tendría la última palabra, por cuestiones obvias de organización del centro.
    Desde entonces, el grupo de madres y padres voluntarios se reunía mensualmente para preparar una actividad, elegían el tema, el texto, los materiales, creaban lo que fuera necesario y organizaban cómo se llevaría a cabo. Mi responsabilidad como profesor, era reservar un tiempo al mes, para llevar a cabo esta actividad. El día de la actividad, eran las propias familias las que la llevaban a cabo (los que por motivos laborales estaban libres) y yo me limitaba a coordinar, supervisar, hacer fotos y disfrutar de ver a mis alumnos y sus padres y madres, aprendiendo y pasándolo bien juntos, a través de la lectura.
    ¿Cuál fue el resultado? Los padres y madres no cuestionaban la organización de las actividades, pues había nacido de ellos mismos. Además, entendían la envergadura de organizar y gestionar a un grupo de 25 niños y niñas, por lo que después, en otras actividades eran más benévolos al juzgarme. Los padres y madres disfrutaban mucho de poder participar en la vida escolar de sus hijos, verlos aprender, verlos trabajar, y mejor aún, hacerlo con ellos y con sus amigos. E igualmente, los niños y niñas disfrutaban de poder compartir con sus padres y madres lo que normalmente, viven a diario sin ellos.
  5. Darles su espacio. Para terminar, es importante que las familias tengan su espacio en la escuela, y no sólo de participación, también físico. Quizás no un espacio reservado, pero si la posibilidad de usar el espacio. Hay ocasiones, en las que un grupo de padres y madres quiren realizar una actividad relacionada con el centro y para bien de sus hijos/as y no pueden realizarla por falta de espacio físico. En este sentido, el centro debe ser también un lugar abierto a la comunidad, al barrio y por lo tanto un lugar de encuentro.

No quiero alargarme más, que ya se ha extendido la cosa más de lo esperado. Simplemente termino con una idea. Si piensas como yo, si quieres implicar a las familias y darles un lugar, si quieres formar equipo y crear comunidad educativa, no pretendas hacerlo solo. A veces, pretendemos hacer las cosas sin que se note, que parezca algo fortuito… es un error desde mi punto de vista. El primer paso, al menos el que yo volveré a dar este inicio de curso, es contarles todo esto a ellos. Juntarlos, sentarnos y hablar y dialogar. Que sean ellos también partícipes de este acercamiento y de este trabajo en equipo, porque quizás, por no saberlo, nuestro esfuerzo y trabajo caiga en saco roto.

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