Hay una frase que escuchamos constantemente en educación:
“En casa se educa y en la escuela se enseña”.
Y cada vez que la oigo, me hago la misma pregunta:
¿De verdad se pueden separar esas dos cosas?
Si un niño humilla a otro en la escuela, ¿qué hacemos?
¿Seguimos con lengua y matemáticas y dejamos que, en casa —según los valores, el tiempo o la formación de cada familia— se aborde o no lo que está ocurriendo?
¿O asumimos que la escuela también tiene una responsabilidad?
Yo lo tengo claro: no se puede mirar hacia otro lado.
Educar también es acompañar
En la reflexión anterior hablaba de mi concepto de educación, resumido en tres palabras: educa, acompaña, inspira.
Puse el foco especialmente en acompañar: no educar desde detrás empujando ni desde delante marcando el camino, sino desde el lado, acompasando el paso y mirando el mundo desde el mismo lugar que el alumno para poder comprender qué está viendo y cómo lo está viviendo.
Hoy quiero detenerme en esa primera palabra: educar.
Porque educar también es enseñar a estar en el mundo.
No solo en el mundo a gran escala, sino en ese micromundo que es el aula.
Nuestro alumnado necesita que le ayudemos a leer lo que pasa a su alrededor y a situarse ante ello.
La escuela no puede limitarse a llenar cabezas y olvidarse de la persona que hay debajo.
Por supuesto que los contenidos importan. No compro la idea de que el maestro ya no tiene sentido porque todo está en internet o porque existe la inteligencia artificial. Necesitamos seguir siendo ese puente entre el conocimiento y el alumnado, ayudándoles a comprenderlo, contextualizarlo y darle sentido.
Pero la escuela no puede ser solo un lugar de transmisión de información.
¿Familia y escuela enfrentadas?
La frase “en casa se educa y en la escuela se enseña” plantea una dicotomía que no entiendo.
¿Por qué tienen que estar enfrentadas la familia y la escuela?
¿Los valores se apagan al cruzar la puerta del colegio porque eso es terreno exclusivo de la familia?
Sinceramente, creo que eso es imposible.
Por eso, frente a esa idea, rescato una frase muy conocida, atribuida a Nelson Mandela:
“La educación es el arma más poderosa para cambiar el mundo”.
Y viendo cómo está el mundo, creo que es evidente que un cambio necesita.
La escuela no puede estar ajena a los valores de la sociedad que queremos construir.
No me corresponde a mí decidir qué escuela queremos, pero sí creo que durante mucho tiempo ha existido un consenso básico en torno a unos valores comunes: los derechos humanos y el respeto a la dignidad de las personas.
Ese nexo común entre familias distintas es la escuela.
Es ahí donde proyectamos el mundo que queremos compartir.
Un contexto social que nos interpela
Vivimos un momento social y geopolítico muy complejo.
Los derechos humanos parecen negociables. El derecho internacional se respeta solo cuando conviene. La fuerza vuelve a imponerse como criterio.
Lo estamos viendo en conflictos como Ucrania o Gaza, en las calles de Estados Unidos y en muchos otros lugares del mundo. No se trata de hacer un análisis geopolítico, sino de constatar que el mundo que creíamos relativamente estable se está reconfigurando bajo una lógica peligrosa: quien tiene más poder impone su verdad.
Valores que parecían superados —racismo, xenofobia, totalitarismo— están reapareciendo sin pudor. Incluso la idea misma de verdad se diluye: ya no importa lo que ocurre, sino el relato que se construye.
Como diría el Maestro Yoda: “Sobre nosotros, el lado oscuro se cierne”.
La escuela como última esperanza
Frente a todo esto, para mí la escuela es la última esperanza.
La última trinchera donde se defienden los valores que permiten que todas las personas, no solo las más poderosas, puedan vivir juntas en armonía.
No hablo de posiciones políticas concretas, sino de algo mucho más básico: el derecho de cualquier persona a vivir con dignidad, seguridad y respeto, independientemente de su origen, su situación económica o el lugar en el que haya nacido.
En Andalucía existe un programa educativo llamado “Escuela: espacio de paz”, y me parece una definición bellísima de lo que debería ser un centro educativo.
La escuela debe educar para la paz. Y educar para la paz implica aprender a resolver conflictos, a hablar de ellos, a no mirar hacia otro lado.
No hablo de los grandes conflictos internacionales, sino de los conflictos cotidianos que surgen dentro de la propia escuela. Resolverlos también se aprende.
Educar en valores no es un añadido
Durante mucho tiempo se ha hablado de la educación en valores como un eje transversal, casi como un adorno que se añadía puntualmente al currículo.
Yo creo que necesitamos un cambio profundo: la educación en valores debe ser la base sobre la que se construye cualquier otro aprendizaje.
El conocimiento sin valores puede llevarnos a lugares muy peligrosos.
La historia está llena de avances científicos creados sin pensar en las consecuencias éticas de su uso. Por eso no podemos separar el saber del ser.
Y si bajamos esto a la realidad más cercana, aparece una cuestión ineludible: el acoso escolar.
Acoso escolar: mirar de frente
Según datos del Ministerio de Educación, uno de cada diez niños y niñas en España ha sufrido o se ha visto envuelto en una situación de acoso escolar.
Es una cifra enorme.
Que hoy se hable más de acoso no es una mala noticia. No creo que haya más casos que antes; creo que estamos aprendiendo a identificarlos y a nombrarlos.
La diferencia es que hoy, además, el acoso no se pausa al salir del colegio: las redes sociales lo mantienen activo las 24 horas.
Las noticias nos muestran casos con consecuencias trágicas y, a menudo, se instala la idea de que la escuela no hizo nada o no supo verlo.
Sé que los medios no siempre reflejan toda la realidad, pero hay algo que no puedo entender: que ante una sospecha de acoso un centro no abra un protocolo.
Abrir un protocolo no es acusar, es cuidar.
Es escuchar, observar, analizar y tomar medidas.
Si no hay acoso, se cerrará. Pero el proceso de protección y acompañamiento es imprescindible.
La escuela debe ser, necesariamente, un espacio seguro.
Un lugar al que un niño o una niña acuda con tranquilidad, sabiendo que será cuidado.
Educar en tribu
Todo esto me devuelve a una idea fundamental: educamos en tribu.
Existe un proverbio africano que dice que para educar a una persona se necesita a toda la tribu. Aunque un niño sea de su padre y de su madre, la responsabilidad de su educación no es solo suya.
Es imposible aislar las influencias familiares, escolares y sociales.
Por eso debemos asumir colectivamente esa responsabilidad y remar, en la medida de lo posible, en una misma dirección: respeto, convivencia, seguridad y libertad para ser quien uno es.
Frente a la frase “en casa se educa y en la escuela se enseña”, yo me quedo con otra que vi en un mural de una escuela de mi pueblo:
“La escuela es mi segunda casa; mi casa es mi primera escuela.”
Familia y escuela, de la mano.
La escuela como resistencia
Siguiendo con el símil friki que abría esta reflexión: frente a la tiranía del imperio, la escuela es la resistencia.
Una trinchera de esperanza donde se siguen defendiendo unos valores mínimos que nos permiten vivir juntos.
Ojalá este Día Escolar de la No Violencia y la Paz no se quede solo en palomas de papel y frases bonitas.
Ojalá sirva para mirar hacia dentro y preguntarnos qué más podemos hacer para que cualquier niño o niña que entre en una escuela se sienta seguro y libre de ser quien es.
Si conseguimos eso, la escuela habrá merecido la pena.

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